Hay personas que saben cuidar muy bien de los demás.
Están pendientes de lo que necesitan sus hijos, su pareja, sus padres, sus compañeros de trabajo o sus amigos. Escuchan, ayudan, resuelven problemas y procuran estar disponibles cuando alguien las necesita.
Pero cuando intentan hacer algo parecido consigo mismas, ocurre algo extraño.
Deciden descansar y piensan en todo lo que todavía deberían estar haciendo.
Dicen «no» a una petición y pasan horas preguntándose si habrán decepcionado a alguien.
Reservan un poco de tiempo para sí mismas y sienten que deberían dedicarlo a otra persona.
Incluso cuando están agotadas, detenerse puede hacerlas sentir incómodas.
Entonces aparece una pregunta:
¿Por qué me siento culpable cuando empiezo a cuidarme?
Cuando cuidar se convierte en una obligación interior
Cuidar a otras personas forma parte de nuestra condición relacional.
Necesitamos unos de otros. Construimos vínculos, asumimos responsabilidades y encontramos también significado en la entrega, el afecto y el servicio.
El problema comienza cuando dejamos de experimentar el cuidado como una decisión libre y empezamos a sentir que siempre debemos estar disponibles.
«Si digo que no, pensarán que soy egoísta.»
«Puedo aguantar un poco más.»
«Mis necesidades pueden esperar.»
«Los demás tienen problemas más importantes que los míos.»
«Descansaré cuando termine todo.»
Pero casi nunca termina todo.
Siempre queda otro mensaje por responder, otra tarea pendiente, otra persona a la que ayudar, otro problema que resolver.
Y poco a poco podemos acostumbrarnos a vivir como si nuestras propias necesidades fueran siempre las menos importantes.
No toda culpa significa que hayas hecho algo malo
La culpa puede cumplir una función saludable.
Cuando reconocemos que hemos herido a alguien o actuado contra nuestros propios valores, puede ayudarnos a asumir responsabilidad, reparar el daño y modificar nuestra conducta.
En ese sentido, la capacidad de sentir culpa forma parte de nuestra vida moral y relacional.
Pero existe una distinción importante:
Sentirte culpable no significa necesariamente que seas culpable.
A veces la culpa aparece simplemente porque estamos haciendo algo diferente de aquello que hemos aprendido durante muchos años.
Si una persona ha asociado ser buena madre, buen padre, buen profesional, buen amigo o buena pareja con estar siempre disponible, comenzar a establecer límites puede producir una fuerte incomodidad.
No necesariamente porque el límite sea incorrecto.
Sino porque es nuevo.
Cambiar patrones profundamente aprendidos puede activar respuestas emocionales antes de que nuestra manera de pensar haya conseguido integrar plenamente el cambio.
Por eso, después de decir un «no» necesario, quizá todavía aparezca la culpa.
Y aprender a tolerar durante un tiempo esa incomodidad también puede formar parte del proceso de cambio.
Tu cuerpo también participa en esta historia
El autocuidado no es solamente una cuestión psicológica.
Tenemos un cuerpo.
Necesitamos dormir, descansar, alimentarnos, movernos, relacionarnos y disponer de períodos de recuperación.
Cuando las demandas se mantienen durante mucho tiempo sin suficiente recuperación, los sistemas que nos ayudan a responder al estrés tienen que permanecer activados repetidamente. La investigación sobre carga alostática ha mostrado cómo la exposición prolongada al estrés puede producir un desgaste acumulativo en diferentes sistemas del organismo (McEwen, 1998; McEwen & Stellar, 1993).
También sabemos que la recuperación después del esfuerzo es importante para el bienestar y para poder responder adecuadamente a nuevas demandas (Sonnentag & Fritz, 2007).
Por eso descansar no debería entenderse simplemente como «no hacer nada».
Muchas veces es permitir que un organismo que ha estado respondiendo vuelva a recuperarse.
No necesitamos descansar y cuidarnos porque seamos débiles.
Necesitamos hacerlo porque somos humanos.
Cuidarte no significa convertirte en el centro
En los últimos años se habla mucho de autocuidado.
Y eso ha sido positivo.
Pero también podemos deformar el concepto.
El autocuidado saludable no significa:
«Yo primero, siempre.»
No significa ignorar las necesidades de los demás.
No significa abandonar responsabilidades.
Tampoco significa apartar de nuestra vida a cualquier persona que nos incomode.
Eso sería sustituir un desequilibrio por otro.
Somos seres profundamente relacionales. Nuestra salud también depende de vínculos significativos, pertenencia, reciprocidad y cuidado mutuo.
Por eso quizá necesitemos una definición diferente:
Cuidarte no significa convertirte en el centro de tu vida. Significa reconocer que tú también formas parte de aquello que tienes la responsabilidad de cuidar.
Aquí reaparece algo que vimos en el artículo anterior:
Tú importas. Pero yo también.
No «yo en lugar de ti».
No «tú en lugar de mí».
Tú y yo.
Una relación saludable necesita espacio para ambos.
La autocompasión no es autocomplacencia
A algunas personas incluso la idea de tratarse con amabilidad les produce resistencia.
Temen que, si dejan de exigirse constantemente, se volverán débiles, conformistas o irresponsables.
Sin embargo, la investigación sobre autocompasión apunta en otra dirección.
Kristin Neff la describe mediante componentes como la amabilidad hacia uno mismo frente a la autocrítica, el reconocimiento de nuestra humanidad compartida y una atención equilibrada hacia las experiencias difíciles (Neff, 2003).
No consiste en decir:
«Todo lo que hago está bien.»
Consiste en poder decir:
«Estoy pasando por algo difícil y puedo tratarme con humanidad mientras lo afronto.»
Eso permite algo muy importante.
Corregirnos sin destruirnos.
Reconocer un límite sin avergonzarnos de tenerlo.
Aceptar que necesitamos ayuda.
Descansar cuando estamos cansados.
Y continuar creciendo sin convertir nuestra propia insuficiencia en un enemigo interior.
Aprender a cuidarse también se aprende
Quizá hayas pasado muchos años colocando sistemáticamente tus necesidades al final.
No necesitas cambiarlo todo mañana.
Puedes comenzar prestando atención.
Cuando aparezca la culpa después de cuidarte, pregúntate:
¿He hecho realmente algo malo o simplemente estoy haciendo algo diferente?
Cuando estés agotado y alguien te pida algo más:
¿Tengo capacidad real para hacerlo o estoy respondiendo por miedo a decepcionar?
Cuando necesites descansar:
¿Por qué siento que tengo que justificarlo?
Y cuando pongas un límite saludable, quizá puedas aprender a soportar durante un tiempo la incomodidad sin correr inmediatamente a deshacerlo.
Al principio puede resultar extraño.
Pero poco a poco estamos enseñando también a nuestra vida emocional que cuidarnos no constituye una amenaza para nuestras relaciones.
Puede ser precisamente una forma de preservarlas.
Cuidarnos para poder seguir cuidando
Hay una paradoja hermosa en todo esto.
Cuando aprendemos a reconocer nuestros límites, no necesariamente nos volvemos menos disponibles para los demás.
Podemos llegar a estar disponibles de una manera diferente.
Más libre.
Más consciente.
Menos resentida.
Más presente.
Porque existe una enorme diferencia entre cuidar a alguien porque tememos que deje de querernos y cuidarlo porque hemos decidido libremente estar a su lado.
Existe también una diferencia entre descansar para poder producir más y descansar porque reconocemos que nuestra vida posee valor incluso cuando no estamos produciendo.
Quizá ahí comienza una forma más profunda de autocuidado.
No como culto al yo.
Sino como respeto por la vida que somos y por la vida de quienes caminan junto a nosotros.
Una pregunta para terminar
Quizá durante mucho tiempo has sido la persona que sostiene.
La que escucha.
La que resuelve.
La que continúa cuando los demás se detienen.
Y quizá has llegado a pensar que cuidarte significa abandonar ese lugar.
Pero no necesariamente es así.
Puedes continuar siendo generoso sin ignorar tus límites.
Puedes amar sin desaparecer.
Puedes servir sin convertir el agotamiento en una prueba de tu valor.
Y puedes descansar sin tener que ganarte previamente el derecho a hacerlo.
Por eso hoy quisiera dejarte una pregunta:
Si trataras tus propias necesidades con la misma comprensión con la que atiendes las de las personas que amas, ¿qué cambiaría en tu manera de cuidarte?
Quizá la respuesta no exija una transformación enorme.
Tal vez hoy sea simplemente descansar un poco.
Pedir ayuda.
Posponer algo que puede esperar.
Decir un «no» necesario.
O dejar de sentir que tienes que justificar continuamente que también eres humano.
Y recuerda una cosa:
Cuidarte no significa dejar de cuidar a los demás.
Significa reconocer que tú también eres alguien digno de cuidado.
También esto forma parte del camino hacia la restauración.
Referencias
McEwen, B. S. (1998). Protective and damaging effects of stress mediators. The New England Journal of Medicine, 338(3), 171–179.
McEwen, B. S., & Stellar, E. (1993). Stress and the individual: Mechanisms leading to disease. Archives of Internal Medicine, 153(18), 2093–2101.
Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85–101.
Sonnentag, S., & Fritz, C. (2007). The Recovery Experience Questionnaire: Development and validation of a measure for assessing recuperation and unwinding from work. Journal of Occupational Health Psychology, 12(3), 204–221.

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